Piazzetta Pascoli

Del balcón de la Piazzetta Pascoli se puede disfrutar un panorama estupendo del Sasso Caveoso y a la izquierda la Civita, la antigua peña de la ciudad dominada por el campanario de la Catedral. Una “ciudad belén” que seguramente causa emociones particulares en los que por la primera vez se encuentran ante un espéctaculo urbanistico tan singular.
Para comprender la especificidad de Matera hay que atenerse al elemento geográfico: toda ciudad debe su orígen a un conjunto de factores particulares que le permiten sobrevivir como comunidad organizada. Entre los requisitos primarios: que se pueda defender, que haya agua, bosques, muchos animales silvestres y suelos cultivables.
El territorio donde surgió Matera atendía a las necesidades de supervivencia de una comunidad de pastores y de cazadores. Los primeros asentamientos sedentarios de comunidades socialmente organizadas se remontan a la época neolítica.
Tres poblados que como los vértices de un triángulo virtual, vivían alrededor de una cisterna de agua perenne, un pequeño lago en la Gravina de Matera frente a esta plaza y que era un importante tanque de agua. Puesto que estaba muy encajonado entre los altos barrancos, el sol nunca brillaba sobre su superficie y el proceso de evaporación era tan limitado que aún durante el verano, cuando el arroyo que lo alimentaba estaba seco, el laguito tenía agua de sobra. Estos asentamientos lograron sustentarse probablemente hasta cuando el hombre de cazador y criador de animales se transformó en agricultor y puesto que no había tierras cultivables en la Murgia, tuvo que abandonar dos de estos poblados y  establecerse en la colina de la Civita.
La colina de la Civita, merced a diversos factores por cierto debidos a las características condiciones naturales que ofrecían posibilidades de defensa y a la ubicación central entre la Murgia apta al pastoreo y a la caza, y las tierras cultivables en declive hacia el rio Bradano,  paulatinamente iba desarrollándose y creando un centro poblacional agrícola y ganadero.
Durante el período griego y en el romano siguió siendo agricola y ganadero aunque se supone que con el pasar de los siglos empezaron a crearse enlaces entre los distintos asentamientos y la colina de la Civitas se plasmó como poblado único. La vida pobre les llevó a excavar sus viviendas en la torba creando así una forma atípica de vivienda rupestre que con el pasar de los siglos se extendió a la ladera aterrazada de la colina con casas en distintos niveles conectadas entre si mediante una red de rampas y sendas.
Durante el Alta Edad Media Matera fue una encrucijada fundamental  entre el Oriente Bizantino y el Occidente, por consiguiente los Longobardos la fortificaron y se elevó a “Castaldato”. A estas alturas tenía todas ls características de una ciudad: muros defensivos y, en la cumbre de la colina, un castillo.
La estructura fortificada se puede detectar recorriendo con la mirada una línea que desde la Catedral sigue el perfil rocoso aunque actualmente está entrecortada por edidicios construídos sobre los cimientos del antiguo castillo y de los muros. Esta muralla rodeaba, como un anillo, la peña en la que actualmente domina la Catedral.
En la misma época surgen, en los dos pequeños valles, modestos centros rurales que se llaman “casali” que, junto con las iglesias rupestres empiezan a plasmar el perfil urbano de los futuros “Sassi”: el Sasso Caveoso frente a la Catedral y el Sasso Barisano por detrás.
La Matera histórica entre el año 1000 y el siglo XIV, planimetricamente, era un pájaro con alas desplegadas: el cuerpo y la cabeza eran la Civitas y las dos alas los dos Sassi: el Caveoso y el Barisano.
Antiguamente la ciudad se llamaba Mateola. Hay muchos supuestos con respecto al orígen de su nombre, el más acreditado parece ser que deriva de Mata que significa roca o peña.
A partir del siglo XV, la ciudad desbordó los muros de defensa y se extendió a los dos valles creando los dos barrios del sasso Barisano y del sasso Caveoso. En frente descolla la peña del Monterrone con sus dos iglesias rupestres identificadas con una cruz de hierro muy grande.
Asomandose al balcón, como a un abismo, se nota en la parte baja, lo que probablemente en 1936 le parecieron  a Carlo Levi los círculos del infierno de Dante y que le asombraron mucho: las calles que pasaban sobre las bóvedas de las viviendas. Fue la descripción de esta imagen en su libro “Cristo se paró en Eboli”, que sin querer, le dio la fama a este original complejo urbano.
En la decada de los 50, la población de los barrios de los Sassi tuvo que desalojar por las espantosas condiciones higiénicas y sanitarias debidas al hacinamiento durante el siglo XIX. Merced a una ley especial para la construcción de viviendas, se establecieron en los nuevos barrios en las colinas que rodean la ciudad.
Tras quedar abandonada por más de veinte años, inició un proceso de revitalización, con un concurso internacional de rehabilitación para volver a incorporar los Sassi en la ciudad. Por su valor histórico urbanístico se declaró Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1993.