Barrio Malve

Se extiende sobre dos terrazas rocosas con edificios que se asoman, por una parte a la calle transitable Via Bruno Buozzi y por la otra a una serie de placitas entrelazadas que siguen las curvas de las bóvedas de las viviendas rupestres que están debajo. Un desarrollo urbanístico peculiar y característico de los barrios de los Sassi.
En la Placita Interior se desarrollaba la vida social de los pobladores, aquí jugaban los niños, aquí las mujeres,   hacían la colada en los lavaderos comunes y colgaban la ropa aprovechando los anillos clavados en las paredes y alejandola de la pared mediante largos horcones de madera. Aquí las mujeres, sentadas al aire libre, hilaban o tejían charlando mientras indirectamente y de forma colectiva controlaban el juego de los niños y cuidaban los ancianos. En el vecindario siempre había un aljibe para recoger el agua de la lluvia y el horno para todo el barrio para cocinar pan y bollos. De las viviendas sobresalen las chimeneas con sus característicos sombreretes.
Antaño, el primero de agosto, en el barrio se celebraba la fiesta de la “crapiata” que en su orígen era un agradecimiento por la cosecha: en la placita, cada familia aportaba un puñado de trigo recién trillado y otro de legumbres que  cocinaban en una olla y luego comían todos juntos, una tradición que afianzaba, con música y bailes, la vida y la unidad de las familias. El horno destaca por el tamaño de su chimenea que se eleva alta y maciza entre las otras que salpican las coberturas de las viviendas. El horno era una estructura indispensable para la vida de los vecinos. Cada familia, semanalmente, amasaba su pan que, antes de cocinarlo se marcaba con un sello para identificarlo. Un sello de madera tallada, herencia di un antiguo arte campesino, que aún se usaba en los años entre las dos guerras mundiales. Se pueden admirar bellísimos ejemplos de estos sellos en el Museo Nacional Domenico Ridola. Del barrio de Malve, a la derecha, sobresale del laberinto de viviendas y con su forma característica, el peñón del Monterrone. Pasando por unas terrazas se llega a un rellano alto que rodea por 180 grados el peñón  y al que se asoman las dos iglesias rupestres de la Madonna de Idris y San Giovanni in Monterrone.