S.ta Lucia alle Malve

Exterior

Es el primer asentamiento monasterial femenino de la Orden Benedictina, se remonta al siglo VIII y es el más importante en la historia de Matera. Una comunidad que pasando por sus tres sedes monasteriales, la de Santa Lucia alle Malve, la de Santa Lucia alla Civita y la de Santa Lucia al Piano, se integró de la vida de Matera siguiendo su evolución histórica y urbanística durante un milenio.
La fachada exterior del ex complejo monasterial se extiende a lo largo de la pared rocosa con una serie de entradas que dan a otras tantas cavidades internas. Los locales de la comunidad se identifican porque en la parte alta, se han tallado en relieve los símbolos del martirio de Santa Lucía: el caliz con los dos ojos de la Santa.
La entrada de la iglesia, a la derecha del complejo, se nota por los bloques cuadrados de toba que la enmarcan y que rematan con un arco ojival, en cuyo fondo, dentro de un luneto, se encuentra el símbolo litúrgico de la santa.
 

Interior

Una iglesia rupestre de notable tamaño con tres naves de la que quedaron tantas huellas, a pesar de las enormes modificaciones tras el abandono por parte de la comunidad monástica que, con un poco de imaginación, se logra diseñar su planimetría y estructura arquitectónica.
De las tres naves que dividen el espacio interior, la de la derecha, en donde se encuentra la entrada actualmente, siempre permaneció abierta al culto; y el 13 de diciembre, dia de la santa Lucia, se sigue celebrando una misa solemne. Las otras dos naves se usaron como viviendas y depósitos hasta los años 50. Una transformación que afectó a casi todas las iglesias rupestres de los dos barrios de los Sassi, conforme se iban construyendo, en el Piano, otros edificios de culto para reemplazarlas. Estas iglesias rupestres, ya no consagradas, se transformaban en viviendas, depósitos, etc; un proceso que inició en el siglo XVIII y que duró hasta principios del siglo XX. La nave central, en su orígen probablemente tenía espacios litúrgicos escalonados desde el nivel de la puerta de entrada ascendiendo hasta el ábside donde se encontraba el altar.
El presbiterio de las tres naves, es decir la parte reservada sólo a los sacerdotes, estaba encerrado por una serie de columnas, actualmente truncadas, que bajaban de la bóveda ofreciendo un toque sumamente sugestivo, en esa época, con el flamear de la luz de los candiles de aceite.

La nave central estaba adornada con un iconostasio o arco triunfal, ese elemento arquitectónico que pertenece al culto griego ortodoxo y que separa la nave de la iglesia del presbiterio, decorado con esbeltas columnas que bajaban de la bóveda y frescos en su base que, tras recortarlos en bloques cuadrados, actualmente se encuentran como las piezas de un rompecabezas, en la estructura de un hogar de la nave de la izquierda. Estragos causados durante la transformación de la iglesia en vivienda. Observese en la bóveda plana de la zona del presbiterio la serie de cúpulas simbólicas con círculos concéntricos que les dan relieve y profundidad. Una breve introducción para explicar los antiquísimos frescos, algunos de más de mil años, que se conservaron estupendamente. Los frescos mantienen perfectamente sus colores y sus figuras sólo si se llevan a cabo con una técnica específica que conocían en la zona de Matera los numerosos Maestros de pintura al fresco de aquellos siglos. Conforme a esta antigua técnica, primero había que colocar una capa de revoque muy húmedo sobre el que se apoyaba un modelo de cartón u otro material con la silueta de la figura perforada con un punteado. Luego se pasaba una muñequilla embebida de polvo de carbón que dejaba la marca sobre el revoque más claro. Esto nos explica porque, en algunos casos y aun en la misma iglesia, hay frescos con colores distintos y con el mismo dibujo, a veces uno en positivo y otro en negativo, puesto que se usaba el mismo cartón dandole la vuelta.
Luego se dibujaba y coloreaba con colores que eran una mezcla de cal, polvo de toba, algunas veces substancias orgánicas con pigmentos vegetales que se extraían de flores y plantas y de otros polvos de colores que eran minerales o tierras molidas.
Todo había que hacerlo mientras la superficie estaba húmeda porque luego secándose el color se asentaba de forma indeleble como se puede percibir actualmente. Los frescos que aún decoran parte de las paredes de la nave, tras su restauración han vuelto a su esplendor original y demuestran su importancia histórica y artística.
LA MADONNA DEL LATTE: fechada alrededor de 1270, obra del mismo Maestro de pintura al fresco de la “Madonna della Bruna” (en la Catedral) que por ello se llamó “Maestro della Bruna”, representa la Virgen que amamanta al Niño con una expresión de ternura que probablemente quiere recalcar su acercamiento al hombre de ese Dios autoritario y vengador como se concebía en la Edad Media. Para que no le tacharan de blasfemo, el Maestro pintó el seno de la Virgen descentrado con respecto a la anatomía real y muy pequeño.
En el nicho de al lado, SAN MICHELE ARCANGELO fechado 1250, como mensajero de Dios, lleva puesto el “laros”,
una vestimenta cuajada de piedras preciosas, símbolo de los embajadores de la corte imperial de Bisanzio y empuña en una mano un sello con una cruz griega grabada. En la otra mano sujeta el lábaro y a sus pies se retuerce el dragón que representa el diablo. Una fusión armóniosa de la iconografía cristiano-latina con elementos cristiano-orientales. En el pilar grande que separa la nave de la izquierda de la central, fresco de un santo que lleva puesta una mitra y en la mano izquierda empuña el báculo pastoral, ambos símbolos de la autoridad episcopal, de mediados del siglo XIII, también obra del “Maestro della Bruna” ; conforme a algunos estudiosos SAN GREGORIO, otros se decantan por San Donato.
En la parte superior, se asoma el rostro ascético de un Santo desconocido, de la primera mitad del siglo XII. Un santo mutilado que logró sobrevivir al corte de la columna cuadrada cuando edificaron abajo la iglesia de San Gregorio. Una destrucción de la que se salvó tan solo la cabeza, a lo mejor por un acto de devoción del fresquista. En el intradós del arco, a la izquierda de la entrada actual, uno frente a otro San Benito (que atestigua el orígen benedictino del complejo) y Santa Escolástica, ambos fundadores de grandes órdenes monásticas que florecían en aquella época, al lado de San Benito está San Juan Bautista, el precursor de Cristo, que lleva puesta la típica piel de camello y en la mano un pergamino enrollado con un pasaje del Evangelio de Juan. Los tres frescos se remontan a finales del siglo XIII. La pared de la nave de la derecha está decorada con un panel muy grande que representa la Coronación de la Virgen, en donde Cristo coloca simbólicamente una corona sobre la cabeza de la Virgen, demostración de la importancia que iba cobrando el culto Mariano a partir del siglo XIII. A la derecha del panel San Juan Bautista y San Pedro, a la izquierda San Lorenzo y San Esteban. En la parte superior, a la derecha, la Deposición del Cuerpo del Cristo del siglo XIV.
A la izquierda San Nicolás, obispo de Mira, en la iconografía clásica que nos legaron con el pasar de los siglos.
Son frescos de la época angevina de alrededor del siglo XIV, un estilo pictórico particular que se desarrolló en Italia en los siglos XIII-XIV durante las vicisitudes históricas cuyos protagonistas eran los miembros de la familia francesa De Anjou.
Al lado, Santa Lucía, protectora de la vista, fechada 1610. Luego San Vito con un perrito a sus pies, martirizado bajo el emperador Diocleciano, protector contra la corea, enfermedad del sistema nervioso,  popularmente llamada “Baile de San Vito”, una enfermedad convulsiva con movimientos extraños de los músculos de todas las partes del cuerpo. En una época en la que la medicina no encontraba remedios para curarla, confiaban en la benevolencia de San Vito. A la izquierda, Virgen con el Niño del siglo XVII.